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La mejor faena, en casa

El toro bravo salta al albero para dar lo mejor de sí en el centro de la plaza. Minutos después, cuando está a punto de morir, se arrima a tablas.

Al llegar a casa tras la jornada de trabajo, es habitual escuchar la advertencia “estoy cansado”. Pobre manera de comenzar el final del día en nuestro hogar, con nuestros quereres. Uno sale de toriles con fuerza al punto de la mañana y muchos regresan para el arrastre al volver a esos mismos toriles. Nos arrimamos a casa para morir.

Lo mejor de la jornada lo dejamos con el cliente, el proveedor, el compañero, el paciente o el conocido que uno se encuentra ese día. Nos arrimamos a casa para morir en unas tablas convertidas en forma de periódico, partido de fútbol o tertulia televisiva, cuando la gran faena de la jornada deberíamos torearla en casa con los nuestros. Nos esperan nuestros amores y tenemos la obligación de darles lo mejor para que nos disfruten íntimamente. Nuestra obligación es morir con más “dignidad” y aprender a amar aunque estemos cansados.

Nos equivocamos al bajar la guardia al meter la llave en la cerradura. Cansancio, agotamiento o cualquier otro tipo de queja son términos que ‘nada suman’ y que debemos borrar de nuestro vocabulario. Los nuestros no se merecen ‘el estoy cansado’. Tienen derecho a recibir de nosotros lo mejor.

Naturalmente, en ocasiones, uno necesita ayuda, el abrazo como si fuésemos niños o ese hombro ante nuestras preocupaciones mundanas. Pidámoslo humildemente, porque el amor siempre reconforta. Pidámoslo, pero sin ir a morir a tablas.

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