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Los abrazos de gol

Estamos acostumbrados a los abrazos. A darlos, a recibirlos, a ponerlos como emoji, a fotografiarlos, a grabarlos con el móvil, a escenificarlos, a fingirlos, a eludirlos… porque los hay de muchas clases: rotos como los de Almodóvar, de segundas partes como los de Juanes, de perdón, de pésame… Paolo Coelho recuerda esa tradición según la cual, cuando abrazamos de verdad a alguien, ganamos un día de vida.

Pero si hay una tipología que rompe barreras, que es internacional y popular por salir solo en los espacios deportivos, es el abrazo de gol. Esos juegan en otra Liga. Todos recordamos algunos que nos ponen la piel de gallina. Incluso los niños los imitan a cada momento para elevar un instante mágico a la categoría de sublime.

A muchos futboleros, a bote pronto, se nos viene al recuerdo del abrazo de gol de Pelé encima de Jairzinho en el Mundial de México 70, puño en alto, que replicaría Messi como heredero del trono de “O Rey”. Luego, el que patentó Maradona brincando sobre sus compañeros, a mitad de camino entre un abrazo y la llegada a una cima sudorosa. Hasta el cantante argentino Gustavo Cordera dedicó una canción al barrilete cósmico tras su muerte, con ese título: Abrazo de Gol.

A los zaragocistas nos caben muchos abrazos de gol en nuestra historia. Convendremos que es inevitable que la mente se nos vaya a Paris, hasta la noche más blanquilla de todos los tiempos, aquella con sabor a parábola eterna. Los abrazos de gol más recordados no eran los de Nayim. El fútbol es así. El primero es el de Esnáider tras anotar de bolea un gol para soñar, con la misma mirada felina que canta Amaral. Los otros dos, esperaron al pitido final de Ceccarini. Uno fue breve, fugaz, de ida y vuelta, en dos tiempos: Pardeza y Víctor Fernández, una doble descarga fugaz con una sola toma de tierra.

Y finalmente el abrazo implorado por Gustavo Poyet: un abrazo reconfortante entre lágrimas, pedido, buscado sin un destinatario claro. Todos quisimos correr en su auxilio en nombre del ya inmortal zaragocismo. Solo Geli acudió solícito a la plegaria con Aragón entero apretando a Gustavo.

En mi caso, hubo abrazo de gol tan especial que eclipsó a los demás. Fue tempranero, de esos que ya nunca se olvidan, un flash back infantil en blanco y negro que, como todos los recuerdos, se desdibuja con el paso del tiempo como así debe de ser. Me lo dio Nino Arrúa en La Romareda, en aquel quesito de la llamada grada Infantil, donde sólo había niños y soldados sin graduación que hacían la mili. No fue un abrazo individual, más bien colectivo: sudoroso, tumultuoso, estrujante y sin daños colaterales mientras no llevases gafas. Arrúa no supo jamás que me abrazó. Qué más da. Fue un abrazo-melé inolvidable, como la alegría de dar vueltas sobre un corcel colorado en una noche de fiesta, a lomos de un pegaso de madera con sabor machadiano.

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